No puedo evitar emocionarme al pensar en ese antidisturbios que llega a casa tras un duro día de trabajo, magullado por alguna bola perdida de un compañero en el fulgor de la batalla, sentándose pesadamente en un viejo sillón y sirviéndose una copa para olvidar que ha tenido que hacer su trabajo con desgana, obligado a controlar esas viles herramientas que el Estado le obliga a blandir. Sabe que en el fondo no es más que una víctima añadida. El colegio no le dio todo lo que esperaba de él. Nunca le facilitó llegar a ser el astronauta con el que soñaba de niño; no fue lo que le prometieron. Esperaba que el calor que nunca recibió de un padre pudiese encontrarlo entre compañeros, entre hermandad, entre iguales. Sin embargo encontró a pobres infelices, desencantados con la vida como él.
Mi pequeño homenaje a esos héroes anónimos.
“Pobre burro” por Gloria Fuertes.
El burro nunca dejará de ser burro.
Porque el burro nunca va a la escuela.
El burro nunca llegará a ser caballo.
El burro nunca ganará carreras.
¿Qué culpa tiene el burro de ser burro?
En el pueblo del burro no hay escuela.
El burro se pasa la vida trabajando,
tirando de un carro,
sin pena ni gloria,
y los fines de semana
atado a la noria.
El burro no sabe leer,
pero tiene memoria.
El burro llega el último a la meta,
¡pero le cantan los poetas!
El burro duerme en cabaña de lona.
No llamar burro al burro,
llamarle “ayudante del hombre”
o llamarle persona.

Y es que, ¿qué culpa tiene el burro de dar coces, verdad querida Gloria?
Fuente de las imágenes: Público.es











